Chile: 'Mano dura' y cierre de fronteras, la narrativa triunfal de Kast

"Chile: 'Mano dura' y cierre de fronteras, la narrativa triunfal de Kast", escribe Irene Selser en #Entrevías

“Otro triunfo de la derecha global”, “Promesa de orden vs. desorden”, “Chile regresa a las tinieblas”, “Voto de castigo al Estado ‘débil”: estos son algunos de los titulares de prensa que, a modo de premisas interpretativas, intentan leer la aplastante victoria electoral del abogado conservador y ultracatólico José Antonio Kast, con un contundente 58,16% de los votos. 

Kast, de 59 años, y padre de nueve hijos, se impuso el pasado domingo, en segunda vuelta sobre la candidata oficialista, la comunista Jeannette Jara, ex ministra del presidente saliente, el centroizquierdista Gabriel Boric. Jara obtuvo el 41,84 % de los sufragios, 16 puntos por debajo.

En efecto, se trató de un triunfo en línea con la llamada derecha global (Trump, Meloni, Abascal, Bolsonaro, Milei, etc.), como tituló desde Santiago el New York Times en una crónica de su corresponsal Emma Bubola. Sin embargo, no fue una elección entre “izquierda vs. derecha”, como coincide la mayoría de los analistas. Kast, fundador en 2019 del Partido Republicano de Chile (PRCh) —descrito como una formación de extrema derecha, ultraconservadora, populista y pinochetista— tuvo la habilidad de centrar su campaña en las nuevas preocupaciones de los chilenos: el aumento de la inseguridad y la inmigración ilegal, reorganizado las prioridades sociales y convirtiendo al “miedo” en capital político.

A partir de estos dos ejes, la campaña de Kast logró legitimar su narrativa de “excepción”, que remite a la necesidad de una “mano dura”, capaz de aplicar medidas extremas frente a las “nuevas amenazas”, como la violencia urbana, el narcotráfico y una migración fuera de control, ante la cual la narrativa “buenista” de la izquierda, basada en fronteras abiertas, ya no aparece como una opción funcional.

A pesar de que Chile presenta tasas de criminalidad muy por debajo del promedio latinoamericano, las encuestas mostraron un aumento sostenido de la “percepción” de inseguridad, que creció al ritmo de la inmigración ilegal y del aumento real de delitos como robos, asaltos domiciliarios y secuestros. En el caso de los homicidios, por ejemplo, Chile mantiene una tasa relativamente baja con 6-7 por cada 100 mil habitantes, frente a Brasil (18-20) y México (25-30). 

El tema de la seguridad marcó así un punto de inflexión, según las encuestas, convirtiéndose en la principal bandera de Kast, pero también en su desafío número uno. De ahí que, en su discurso de victoria —de casi una hora—, Kast reiterara su “invitación” a los extranjeros en situación irregular —unos 334 mil, en su mayoría venezolanos, según sus propias cifras— a abandonar el país en un plazo de 90 días, antes de su toma de posesión el 11 de marzo. 

No está claro cuál será la estrategia de Kast para forzar su salida —ha hablado de un “corredor de retorno” por barco, avión o autobuses vía Bolivia o Perú—, dado que desde enero de 2025 no hay consulados de Venezuela en Chile, tras la ruptura de facto de las relaciones bilaterales, luego de que Boric no reconociera los comicios venezolanos de 2024, acusando fraude y exigiendo a Nicolás Maduro un retorno a la democracia, lo que derivó en expulsiones diplomáticas mutuas.

En ese mismo discurso, la noche del domingo, Kast agradeció a los candidatos de derecha Evelyn Matthei y Johannes Kaiser, cuyos apoyos confluyeron en el balotaje, y también a su rival Jara, quien reconoció rápidamente su derrota.

Como ocurriera con el expresidente socialista Salvador Allende —quien compitió en cuatro ocasiones hasta lograr su elección en 1970—, Kast se impuso en su tercer intento (2017, 2021). En la primera vuelta, celebrada el 16 de noviembre, obtuvo apenas un 23% de los votos, menos incluso que el 27% alcanzado en 2021, cuando perdió ante Boric. 

Por ello, pese a su histórico triunfo —con el porcentaje más alto registrado en una elección—, este no habría sido posible sin el respaldo del libertario Kaiser (49), aún más radical que Kast, y de Matthei, heredera política del fallecido expresidente Sebastián Piñera, representante de la derecha tradicional. 

Sin mayorías en el Congreso —como tampoco las tuvo Boric—, Kast está obligado a negociar, conciliando las distintas visiones de país de las derechas que apuntalaron su acceso al Palacio de La Moneda.

De La Moneda fue sacado muerto hace medio siglo, el 11 de septiembre de 1973, el médico y político Salvador Allende, de la Unidad Popular, tras haberse postulado en 1952, 1958, 1964 y 1970. Allende se quitó la vida con un disparo de fusil antes de ser capturado por las tropas golpistas encabezadas por el general Augusto Pinochet, quien gobernó Chile hasta 1990. Murió impune a los 91 años, en 2006, luego de que su régimen militar torturara, desapareciera y asesinara a unas 40 mil personas. Dejó como herencia figuras políticas como Kast y una Constitución que sigue vigente desde 1980, aunque parcialmente democratizada mediante unas 70 reformas.

En todo caso, los reiterados intentos electorales tanto de Allende como de Kast reflejan la profunda y persistente polarización política del país sudamericano, que, si bien exhibe hoy una democracia estable —con comicios transparentes, alternancia, separación de poderes y una sociedad civil activa—, mantiene altos niveles de desigualdad, con una de las mayores concentraciones de ingresos de la región: el 1% más rico concentra cerca de un tercio del ingreso nacional, junto a una extensa clase media permanentemente amenazada por la precarización. 

Es precisamente en esa clase media y en los sectores de menores ingresos donde Kast centró su campaña, no desde una agenda social, sino desde un discurso de orden y seguridad, cohesionando a los votantes en torno a la expectativa de que el “control” garantice protección, incluso a costa de reducir —o vulnerar— derechos individuales, como ha ocurrido en El Salvador bajo Nayib Bukele, legitimando de manera simbólica el pasado pinochetista. Como alguien dijo, al desplazarse el consenso democrático hacia soluciones de fuerza “legales”, el autoritarismo no entrará de nuevo a La Moneda por los tanques, sino por las urnas y el miedo.