Díaz Ordaz y De la Madrid apechugaron
"Díaz Ordaz y De la Madrid apechugaron", escribe Carlos Marín en #ElAsaltoalaRazón
A diez días de la matanza de Tlatelolco, en un país que no terminaba de asimilar la magnitud de la represión, Gustavo Díaz Ordaz tragó saliva, enfrentó el ambiente adverso y encabezó en Ciudad Universitaria la inauguración de los Juegos Olímpicos.
Dos años más tarde volvió a exponerse ante decenas de miles de espectadores en el Azteca para darle arranque a la primera Copa Mundial de Futbol que hubo en México.
Casi 16 años después, Miguel de la Madrid tampoco rehuyó el encuentro con las multitudes: el 31 de mayo del 86 apareció en el mismo estadio para dar inicio al segundo Mundial de Futbol.
Ambos presidentes fueron recibidos con abucheos y rechiflas, uno por haber aplastado el Movimiento Estudiantil y otro por el enojo de quienes lo responsabilizaban, injustamente, de indiferencia ante la devastación causada por los terremotos de septiembre de 1985.
Los dos hicieron lo que se espera de cualquier jefe de Estado en una democracia: encabezar los actos más relevantes de la vida nacional y someterse al juicio de la ciudadanía.
Gobernar implica exponerse. El poder no consiste en recibir aplausos, sino en asumir los costos de las decisiones y escuchar, aunque incomode, el descontento social.
Es deprimente y deplorable que en la tercera ocasión en que México albergó el partido inaugural de una Copa Mundial, la presidenta Sheinbaum optara por mantenerse alejada del principal escenario. Mientras el Azteca concentraba la atención internacional y la ceremonia era encabezada por el presidente de la FIFA y Salma Hayek, la mandataria siguió el acontecimiento desde una alcaldía “popular”.
La explicación formal podrá ser cualquiera, pero la deducción política obvia es inevitable: no quiso enfrentar previsibles manifestaciones de rechazo.
El clima social dista mucho de ser apacible con las agresivas movilizaciones de la CNTE, que desde hace semanas mantiene secuestradas zonas enteras de la capital.
Pero también están otras manifestaciones de indiscutible legitimidad, como las madres buscadoras que siguen rastreando a sus desaparecidos en un México donde se acumulan más de 132 mil y continúan desapareciendo 40 cada día; los jubilados de instituciones públicas atracados por el morenato con la reducción de sus pensiones falsamente “doradas”; los agricultores empobrecidos por políticas erráticas; los transportistas que padecen asaltos constantes en las carreteras y millones de mexicanos afectados por una economía estancada.
Nada garantiza que la Presidenta hubiera sido abucheada, tampoco que fuera ovacionada, pero de eso trata la democracia: de aceptar los gobernantes el riesgo de encontrarse cara a cara con la sociedad.
Lo que no ayuda a la investidura presidencial es la impresión de que la titular del Ejecutivo prefirió la comodidad de una transmisión remota frente a la incertidumbre de una reacción ciudadana.
De pena: se convirtió en la primera jefa de un Estado huésped en casi un siglo (1930) que no asistió al arranque inaugural de una Copa del Mundo...
Carlos Marín
cmarin@milenio.com












