Cortés, remoto anfitrión del Rey

"Cortés, remoto anfitrión del Rey", escribe Carlos Marín en #ElAsaltoalaRazón

El encuentro de hoy entre la presidenta Sheinbaum y el Rey de España entraña una deliciosa paradoja: será en el recinto destinado por Hernán Cortés para su residencia, de modo que el extremeño convertido por López Obrador en el gran villano de la Conquista fungirá virtualmente como remoto virtual anfitrión.

Hace una semana, la mandataria recordó que Felipe VI ya reconoció los “abusos” cometidos en aquel entonces y que “si bien no es el perdón que se solicitó en su momento, sí es un avance, un paso que da él en este sentido, de reconocimiento de los pueblos originarios, de los abusos de Hernán Cortés particularmente…”.

AMLO convirtió la Conquista en un litigio diplomático contemporáneo.

Rencoroso y desinformado, reclamó una petición de perdón al monarca Borbón que ni genéticamente tuvo que ver con aquel episodio (reinaba Carlos V, de la casa Habsburgo) acaecido cuando ni España ni México existían.

El extravagante capricho equivale a que Francia exigiera disculpas a Italia por las campañas de Julio César o pedir a Grecia lo mismo por las guerras del Peloponeso.

Cuando Cortés emprendió la Conquista no fue para dominar una entidad llamada México sino un mosaico de pueblos, señoríos y naciones, muchos enfrentados o sometidos por los mexicas.

La caída de Tenochtitlan fue resultado de la estrategia de Cortés pero sobre todo de la participación decisiva de decenas de miles de indígenas que vieron en los invasores la oportunidad de sacudirse de la opresión tenochca.

Desde marzo de 2019 quedó sin respuesta la insolente carta de AMLO exhumando rencores de un “pueblo” mayoritariamente mestizo.

Por fortuna, Sheinbaum ya dejó atrás la descocada exigencia, pero insiste en que Felipe VI asuma la grandeza de las culturas mesoamericanas prehispánicas.

El objetivo es noble, pero desconcertante. Nadie discute la riqueza cultural de quienes fundaron y poblaron Teotihuacán, Palenque, Tula, Mitla, Monte Albán, Chichén Itzá, Uxmal, Bonampak, el Tajín, o Tenochtitlan.

Lo innecesario y estrambótico es la necedad de refregárselo al Rey porque las grandes culturas no requieren certificaciones diplomáticas. El gobierno griego no emplazaría a otros a reconocer la grandeza de Atenas o la invención de la República; Francia no cacarea la importancia civilizatoria de La Ilustración, Chartres o Versalles; Italia no pretende aplausos internacionales para la cultura romana; Egipto a nadie para que se asombre por la magnificencia de las pirámides o la tumba de Tutankamón y China tampoco condiciona sus relaciones exteriores a la aceptación de la relevancia de su civilización milenaria ni los muchos inventos que sus antepasados aportaron al mundo.

Por ello, el encuentro Claudia-Felipe tiene un aire inevitablemente cómico (sólo faltaba que al rey se le asignara un pupitre para que tomara nota de lo que el obradorato cree que desconoce).

Lo mejor es que lo del “perdón” ya lo cambió ella por simple “reconocimiento”, porque la insistencia en las disculpas apestaba a humillación...


Carlos Marín

cmarin@milenio.com