Las 'tierras raras' ni tan raras

"Las 'tierras raras' ni tan raras", escribe Carlos Marín en #ElAsaltoalaRazón

Las “tierras raras” se han convertido en la piedra filosofal del siglo XXI.

Su denominación se asocia a polvos de alquimista, pero no: son elementos químicos muy bien presentados en la tabla periódica de Mendeléyev, con su número atómico y su respectivo símbolo.

El núcleo duro lo conforman los quince lantánidos (cuyo número va del 57 al 71) y son: Lantano, Cerio, Praseodimio, Neodimio, Prometio, Samario, Europio, Gadolinio, Terbio, Disprosio, Holmio, Erbio, Tulio, Iterbio y Lutecio.

Los otros dos: el Escandio y el Itrio. Nada esotérico, química pura.

Para efectos políticos y económicos, esos elementos hoy valen oro porque sirven para fabricar imanes potentísimos que mueven autos eléctricos y aerogeneradores; para pantallas LED y LCD; teléfonos inteligentes, computadoras, láseres, equipos médicos de rayos X y usos militares diversos que nadie detalla pero todos los codician.

Las “tierras raras”, pues, son determinantes en la transición energética y la digitalización.

Son dos palabras que funcionan como conjuro: se pronuncian y aparecen inversiones, tensiones diplomáticas y discursos. Son metales pesados con propiedades magnéticas, ópticas y catalíticas únicas, fundamentales para la tecnología moderna y las energías renovables.

Donde las hay se encuentran en bajas concentraciones, mezcladas con minerales como la bastnasita y la monacita.

Nada tienen de “raras”, sólo son difíciles de aislar.

Lo curioso es que las hay en muchos lugares del planeta, sin embargo es caro, complicado, contaminante y devastador separarlas en estado puro (por eso pocos países dominan su refinamiento).

China es la mayor potencia en producción y reservas, seguida por Brasil, Vietnam, Australia, Rusia, India, Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, esta inmensa isla con gobierno autónomo dentro del Reino de Dinamarca, que desató la insaciable ambición de Trump.

De ese territorio ártico se calculan reservas de un millón y medio de toneladas métricas, pero no se les explota a gran escala.

Bajo el hielo están y estarán hasta que lleguen las excavadoras, los permisos ambientales… y la paciencia diplomática.

De ahí la majadera necedad de Trump al repetir lo “magnífico” y “hermoso” que sería integrar Groenlandia a los Estados Unidos; en Davos ya dijo que siempre no.

En la otra esquina, en falso, está Vladimir Putin: se le achaca pretender las “tierras raras” de Ucrania, pero este país no figura en los rankings de reservas globales. Por esto debe tomarse con cautela el chisme y recordar que su guerra tiene raíces históricas, políticas, estratégicas y demográficas mucho más visibles (como ocurrió con Crimea) en las regiones de población mayoritariamente rusa.

Así que, entre lantánidos impronunciables, proyectos mineros y discursos inflamados, las “tierras raras” constituyen elementos de un drama global.

El tema es tan importante que hoy por hoy determinan cadenas industriales, alianzas y tentaciones imperiales.

Química pura, sí, con olor a contratos pero ya no a pólvora...

Carlos Marín

cmarin@milenio.com