¿Quién protege a nuestros hijos?
"¿Quién protege a nuestros hijos?", escribe Marco A. Paz Pellat en #ElPoderdelasIdeas
Durante años hemos colocado la responsabilidad del uso de las redes sociales principalmente en niños y padres: “deja el teléfono”, “ponle límites”, “vigila lo que ve”. Las escuelas también han comenzado a restringir celulares.
Todo es necesario. Pero falta una pregunta: ¿qué responsabilidad tienen las empresas que diseñan productos cuyo éxito depende de capturar nuestra atención?
Estados Unidos acaba de mover esa frontera. Meta alcanzó un acuerdo con una coalición bipartidista de fiscales generales por hasta 17 mil 100 millones de dólares, después de demandas que acusaron a Facebook e Instagram de incorporar características perjudiciales para menores. Meta ha rechazado esas acusaciones, pero aceptó cambios importantes.
Para los menores de 18 años habrá, entre otras medidas, un límite predeterminado de dos horas diarias entre Facebook e Instagram, bloqueo entre medianoche y las seis de la mañana, notificaciones silenciadas durante horario escolar y avisos cada 15 minutos de uso continuo. Los adolescentes podrán optar por un feed no algorítmico y los padres tendrán mayores controles. La mayoría de estas obligaciones permanecerá durante diez años.
El cambio de fondo es éste: pasamos del autocontrol a la protección por diseño. En lugar de exigir que un adolescente encuentre las herramientas para protegerse y decida activarlas, algunas protecciones estarán encendidas automáticamente.
México debería observarlo con atención. Una encuesta de Enkoll encontró que 84% de los mexicanos considera inseguro para los menores el uso de internet y redes sociales. Y cuando se pregunta quién debe protegerlos, las opiniones revelan algo interesante: 35% señala al gobierno, 33% a las empresas tecnológicas y 23% considera que deben hacerlo conjuntamente.
Es decir, los propios ciudadanos perciben que la responsabilidad no puede recaer solamente en las familias.
Esto resulta especialmente relevante para Sonora. Estamos restringiendo celulares en las escuelas y desarrollando acciones para promover entornos digitales seguros. Son pasos razonables, pero insuficientes si al salir del salón nuestros jóvenes regresan a plataformas diseñadas para competir permanentemente por su atención.
Tampoco debemos satanizar las redes. Permiten aprender, comunicarse y crear comunidades, y la evidencia sobre su impacto en la salud mental es compleja.
Por eso la respuesta no es prohibir, sino repartir responsabilidades. Padres que acompañen. Escuelas que eduquen. Gobiernos que establezcan reglas razonables. Jóvenes que desarrollen autocontrol. Y empresas que incorporen seguridad desde el diseño.
El acuerdo estadounidense no obliga hoy a Meta a aplicar todas estas medidas en México. Pero establece un precedente importante: si tecnológicamente puede proteger mejor a un adolescente estadounidense, debemos preguntarnos por qué un adolescente mexicano debería recibir menos protección.
Nuestros hijos vivirán con más tecnología, no con menos. El reto no es alejarlos de ella. Es enseñarles a controlarla y exigir a quienes la diseñan que también aprendan a respetarlos.












