Bad Bunny y el Super Bowl: la reinvención del reggaetón
"Bad Bunny y el Super Bowl: la reinvención del reggaetón", escribe Irene Selser en #Entrevías
“Un momento icónico”, fue la definición que Roger Goodell, comisionado de la Liga Nacional de Futbol Americano (NFL), utilizó para celebrar la presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl 2026. Goodell ya había defendido la elección del puertorriqueño antes del evento del pasado domingo, argumentando que buscaba atraer a un público más amplio como parte de una estrategia global de la liga, no sólo en términos económicos, sino también reconociendo la importancia de la audiencia latina.
Las cifras confirman su acierto: el show de Bad Bunny no sólo fue el más visto en la historia del Super Bowl, con entre 135.4 y 142.3 millones de televidentes (en 2025 hubo 123.7 millones), sino que también estableció un récord de audiencia para cualquier transmisión televisiva en Estados Unidos. Aunque la victoria deportiva fue para los Seattle Seahawks sobre los New England Patriots (29-13), Bad Bunny se convirtió en el verdadero ganador del evento.
En términos de negocios, los espacios publicitarios de 30 segundos durante el partido se cotizaron en ocho millones de dólares (un millón más que en 2023), una de las cifras más altas del deporte mundial, mientras que las canciones de Bad Bunny experimentaron un aumento dramático en reproducciones tras su actuación. Por ejemplo, el tema “Yo Perreo Sola” -un himno a la autonomía femenina, interpretado con vestido por el cantante como gesto simbólico de apoyo- creció más de 200% a nivel global y hasta 470% en Estados Unidos. Bad Bunny habría cobrado solamente el pago mínimo sindical, unos mil dólares por el día de trabajo, mientras que la NFL cubrió todos los gastos de producción, logística, sonido, iluminación y viajes.
Más de 300 bailarines estuvieron en escena en el Levi’s Stadium, en el área de la bahía de San Francisco, California, junto a 380 extras disfrazados de palmas, que formaron parte del diseño visual del escenario: una estética tropical en homenaje a la geografía de Puerto Rico, incluyendo la emblemática plantación de caña de azúcar que abre el espectáculo. Concebido por Bad Bunny como un musical cinematográfico y un performance teatral, el show ofreció una narrativa cultural visual, propuesta y cuidada al detalle por él mismo, según dijo.
Cada elemento estuvo pensado: viñetas de la vida cotidiana puertorriqueña, puestos de comida callejera, calles de barrio, escenas comunitarias y laborales, combinadas con símbolos culturales, banderas y rituales -incluida una bandera mexicana que emergió de pronto entre las plantas-. Parecía una película de apenas 13 minutos, con momentos memorables como la entrega de uno de sus últimos premios Grammy a un niño vestido como él en su infancia, la escena de una boda típica latinoamericana -que fue real- y la interacción cercana del cantante sacando a bailar a una niña, y despertando al niño que simulaba haber quedado dormido sobre dos sillas.
El espectáculo fue un viaje musical y evocativo por la cultura latina, con todos los elementos conectados por un hilo narrativo que proyectó mensajes de identidad, comunidad, inclusión y unidad de toda nuestra América. Su clímax en pantallas gigantes transmitió: “The only thing more powerful than hate is love” (Lo único más poderoso que el odio es el amor), en clara oposición a la política disruptiva y divisiva del régimen de Donald Trump.
Por el “campo” de Bad Bunny desfilaron artistas como su compatriota Ricky Martin y la neoyorquina Lady Gaga, de raíces italianas (con una historia personal de bullying y abuso infantil), quien cantó a ritmo de salsa y también bailó con Bad Bunny; así como otras celebridades latinas que han triunfado en Estados Unidos: Jessica de Alba, Karol G, Pedro Pascal y Cardi B, reunidos en su famosa Casita, otro símbolo de su isla natal. El show estuvo respaldado por un gran equipo técnico, encargado de la producción, sonido, iluminación, efectos especiales y pirotecnia.
Más allá del espectáculo, Benito Antonio Martínez Ocasio buscó mostrar que el reggaetón puede reinventarse y expandirse, un concepto presente en su más reciente álbum “Debí Tirar Más Fotos”. Allí, Bad Bunny amplía el reggaetón tradicional -originado en barrios populares y fiestas en Panamá, Jamaica y Puerto Rico- y trasciende la temática sexual explícita, integrando mensajes sociales y culturales, siguiendo la línea que años atrás propuso también desde Puerto Rico, Residente (René Pérez Joglar), aunque con otros ritmos.
Canciones como “Lo que le pasó a Hawaii”, interpretada por Ricky Martin durante el Super Bowl, o “La Mudanza”, “Nadie Sabe” y “El Apagón” -interpretada por Bad Bunny mientras subía a un poste eléctrico en alusión a los problemas de infraestructura en su país- muestran cómo el cantante ha buscado adaptar los mensajes de resistencia histórica para nuevas generaciones, promoviendo la preservación de la tierra, la cultura y la identidad, desde un lenguaje musical que no alienta el activismo político, aun cuando en 2019 participó en masivas protestas que provocaron la renuncia del gobernador Ricardo Roselló, acusado de corrupción y por su mal manejo de la crisis tras el paso del huracán María, que en 2017 devastó la isla.
Así, y cantando en español, Bad Bunny se posiciona como un referente de la nueva generación latinoamericana dispuesta a revitalizar la memoria histórica y a afirmar la dignidad cultural de cada pueblo, rechazando modelos coloniales y narrativas impuestas desde afuera. Un ejemplo que entusiasma y contagia al ritmo de su sonido plural, reivindicando con alegría y sabor la lengua, el amor y la identidad en estos tiempos oscuros y polarizantes del neofascimo contemporáneo.











