Elecciones en Brasil, con pronóstico incierto
"Elecciones en Brasil, con pronóstico incierto", escribe Irene Selser en #Entrevías
En un contexto de fuerte polarización política, el domingo arrancó la campaña electoral en Brasil de cara a los comicios del 4 de octubre. El octogenario presidente izquierdista, Luiz Inácio Lula da Silva, aspira a un cuarto mandato frente a su principal rival, el senador de ultraderecha Flávio Bolsonaro (45), hijo del expresidente Jair Bolsonaro, de 71 años, condenado a 27 años de prisión, que cumple en forma domiciliaria, acusado de intento de golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
De acuerdo con la última encuesta de Quaest con los 13 candidatos brasileños registrados, si bien el presidente Lula lidera la primera vuelta con 38% de intención de voto, no menos de 51% de los encuestados dijo estar indeciso en caso de una segunda vuelta, lo que habla de un empate técnico. Factores a considerar son: presión inflacionaria, desaprobación de la gestión económica de Lula, fatiga por la confrontación entre el oficialismo de izquierda y el bloque de extrema derecha tradicional, escándalos políticos y temor a las amenazas arancelarias de Washington.
Por su parte, el senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), tiene 31% de intención de voto, mientras que en un lejano tercer lugar se encuentran empatados Renan Santos (Misión, derecha) y Ronaldo Caiado (Partido Social Democrático, centroderecha) ambos con 4%.
Como destaca el Jornal do Brasil, si bien el país más grande en territorio y la primera economía de América Latina, con 213.4 millones de habitantes, fue un socio clave de Estados Unidos durante dos siglos, China es hoy su principal aliado comercial, el cual absorbe más de 30% de sus exportaciones y garantiza más de 40% del superávit. En 2009, durante su segundo mandato, Lula da Silva creó con Rusia, India y China el bloque geopolítico y económico de países emergentes como contrapeso al Grupo de los 7, conocido como BRIC, al cual se sumarían Sudáfrica, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia.
Fundador, en 1980, del Partido de los Trabajadores (PT), en medio de las masivas huelgas metalúrgicas del Gran São Paulo en contra de la dictadura militar, Lula da Silva y su coalición multipartidista de centroizquierda “Brasil lista para más” centran su campaña en la soberanía nacional, la ampliación de programas sociales y una reforma estructural de seguridad frente al crimen organizado, la violencia urbana y la letalidad policial.
Su núcleo duro de votantes se concentra en el sector femenino (46%), según las encuestas de BTG/Nexus y Quaest. La Región Nordeste sigue siendo el bastión electoral indiscutible de Lula, con un sólido 57% de apoyo; además del respaldo histórico de organizaciones campesinas y sindicales, como el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y el apoyo de familias y otros beneficiados con programas de asistencia como Bolsa Familia.
En cuanto a Bolsonaro, su plan de gobierno busca extender el legado político de su padre y se enfoca, como el resto de candidatos de derecha en el área, en la seguridad pública extrema, el libre mercado y la defensa de los valores conservadores tradicionales.
Su estrategia de seguridad, “Brasil sin miedo”, sigue el modelo de Nayib Bukele en El Salvador y contempla clasificar a las organizaciones criminales Primeiro Comando da Capital (PCC) y Comando Vermelho (CV) como organizaciones narcoterroristas, edificar penales federales de máxima seguridad y dictar leyes penales más severas. En economía, promete un recorte drástico del gasto público, disminuir impuestos y retomar el Programa Nacional de Privatizaciones de su padre, junto a una política exterior de fuerte alineamiento diplomático y comercial con Estados Unidos e Israel.
Su base electoral se centra en el sector agrícola y los empresarios del centro y sur del país, así como en el voto evangélico conservador, que en 70% respalda al bolsonarismo. Es el caso del influyente pastor televangelista Silas Malafaia, líder de la iglesia Asamblea de Dios Victoria en Cristo (Advec), cuya prédica combina el fervor religioso con un férreo activismo de extrema derecha en alianza con el sionismo cristiano, según el cual “es mandato bíblico defender, bendecir y amar al pueblo judío y al Estado de Israel como condición para recibir la bendición divina” ya que, se afirma, es en Jerusalén donde llegará el Mesías.
En esto Bolsonaro también se emparenta, con algunos matices, con el argentino Javier Milei, católico volcado al judaísmo ortodoxo, y con el flamante presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, exateo convertido al cristianismo, quien invitó como orador a su toma de posesión a un destacado rabino –no obstante ser Colombia un Estado laico–, simbolizando así una ruptura respecto al gobierno anterior del izquierdista Gustavo Petro, quien rompió relaciones con Israel en 2024 y llamó “genocida” al primer ministro Benjamín Netanyahu por su ofensiva militar en Gaza.
En 2018, el voto evangélico conservador fue decisivo en favor de Jair Bolsonaro, como ocurrió con De la Espriella en junio pasado y, antes, con el también colombiano Iván Duque (2018), siendo este un factor clave en las últimas décadas en América Latina y Estados Unidos para definir la victoria en las urnas de opciones de derecha y ultraderecha.
De ganar Bolsonaro, la administración de Donald Trump consolidaría la nueva hegemonía conservadora en la región y sumaría el socio número veinte a su Escudo Anticárteles de las Américas, mientras que el gobierno de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum perdería, con la salida de Lula, a un fuerte aliado ideológico y a un promisorio socio comercial y energético, según los más recientes acuerdos bilaterales.












