Trump sólo quiere su 'ballroom'
"Trump sólo quiere su 'ballroom'", escribe Irene Selser en #Entrevías
Solamente alguien con la mentalidad de Donald Trump pudo concluir que el fallido atentado del sábado en el Washington Hilton -que en segundos convirtió la tradicional Cena de Corresponsales extranjeros en un caos de sillas empujándose, invitados agachándose o tirándose al suelo y agentes del Servicio Secreto gritando y dando órdenes- confirma la imperiosa necesidad de contar con un gran salón de baile en la Casa Blanca.
Esto lo escribió el domingo en su red Truth Social, después de ofrecer declaraciones la misma noche del sábado, pasadas las 22:30 horas, en la sala de prensa de la Casa Blanca, acompañado de su esposa, Melania; el vicepresidente, los secretarios de Defensa y de Estado, el Fiscal General en funciones, el Director del FBI y la Secretaria de Prensa, vestidos aún con sus galas.
“Muchas gracias. Eso fue muy inesperado”, dijo Trump en un tono “extraordinariamente sereno”, como describe The New York Times, luego de pasar una semana atacando a los mismos medios de comunicación ahí presentes, a los que ahora elogiaba y a los que quizá no vuelva a reprender -como pensaba hacer en la frustrada cena- en el siguiente encuentro, que reprogramó para mayo.
Trump agradeció al Servicio Secreto, presentó el ataque como grave, pero bajo control, llamó a los estadounidenses a que “resuelvan sus diferencias pacíficamente”, anunció que el detenido era algo así como “un loco solitario” y que había sido capturado “muy rápidamente” por las fuerzas de seguridad, y bromeó sobre el riesgo de su cargo.
Horas después, en su red, convirtió su prioridad personal -y lujo cuestionable- del gran “ballroom” presidencial de 400 millones de dólares, en una necesidad de seguridad nacional. Inventó: “Lo que ocurrió anoche es exactamente la razón por la que nuestro gran Ejército, el Servicio Secreto, las fuerzas del orden y, por diferentes razones, todos los presidentes durante los últimos 150 años han estado EXIGIENDO que se construya un gran salón de baile, seguro y protegido, EN LOS TERRENOS DE LA CASA BLANCA”. “Nunca habría ocurrido con el salón de baile de máxima seguridad militar que actualmente está en construcción en la Casa Blanca”. “La Casa Blanca es el edificio más seguro del mundo… con todas las características de seguridad del más alto nivel que existen”.
Trump bien sabe de sus exageraciones -no hay evidencia de que “todos los presidentes durante 150 años” hayan exigido un gran salón de baile-, más allá de la parte de razón que le corresponde, siendo, en efecto, la Casa Blanca uno de los lugares más protegidos del mundo, aunque no está exento de ataques.
El punto debatible de su argumento es que descansa en una premisa cuestionable: que el lugar (hotel vs. Casa Blanca) fue la causa principal del fallido atentado, cuando en realidad el problema es más complejo. Incluye desde fallas de seguridad -diversos periodistas hablaron de controles laxos para ingresar- hasta una narrativa de confrontación y polarización social, con odio u hostilidad alimentados a diario por Trump, sin olvidar que Estados Unidos es el país con más armas de fuego por habitante: 120 por cada 100 personas, con un total de 500 millones de armas.
Cabe recordar que, tras su atentado del 30 de marzo de 1981, a la salida del mismo hotel Washington Hilton, donde había pronunciado un discursos ante sindicalistas en pleno auge del neoliberalismo, Ronald Reagan reaccionó con humor en el hospital, adonde fue llevado de urgencia por una herida de bala que rebotó en la limusina, le entró por el costado izquierdo del pecho y le perforó un pulmón: “Honey, I forgot to duck” (“Cariño, olvidé agacharme”), le dijo a su esposa Nancy; y a los médicos: “I hope you’re all Republicans” (“Espero que sean republicanos”).
Reagan no canalizó el ataque hacia un interés personal, como sí lo hizo Trump al colocar su “ballroom” en el centro del tema. Aquel atentado, en cambio, sirvió para modificar radicalmente los protocolos del Servicio Secreto, entre ellos la “seguridad por capas”, la definición del “perímetro lejano” y “el control de accesos”. El sábado, según los corresponsales, hubo fallas -al menos parciales- en estos dos últimos casos.
Volviendo al “ballroom”, el fiscal general interino, Todd Blanche, publicó la noche del domingo una carta en X del Departamento de Justicia de Estados Unidos en apoyo a Trump y presionando por la finalización de la obra, sujeta a una disputa judicial. La demolición del Ala Este de la Casa Blanca, construida por Theodore Roosevelt en 1902, ocurrió en octubre para dar paso al gran salón de fiesta de unos ocho mil metros cuadrados, con piso de mármol y candelabros de cristal, y capacidad para mil personas.
Como destaca The Guardian (27-04), la demolición no cumplió con los requisitos legales (revisión federal, consulta pública y aprobación del Congreso) y fue el detonante de la demanda del National Trust for Historic Preservation (NTHP), organización sin fines de lucro de Estados Unidos dedicada a proteger y conservar edificios históricos, paisajes culturales, barrios y sitios de valor patrimonial.
La demanda fue presentada el 12 de diciembre ante un tribunal federal en Washington, y un juez ordenó la paralización de las obras, suspendidas el 31 de marzo. La medida fue parcialmente revertida mediante una apelación, por lo que la obra prosigue.
“Espero que el incidente de ayer [sábado] les ayude a darse cuenta por fin de la insensatez de una demanda que, literalmente, no tiene otro propósito que detener al presidente Trump a cualquier precio (…) y pone en grave riesgo la vida del presidente, su familia y su personal”, dice la carta dirigida a los abogados que representan al NTHP y firmada por Brett Shumate, fiscal general adjunto de la división civil del Departamento de Justicia.
La próxima audiencia está programada en principio para el 5 de junio.












