Intervenciones eran las de antes…

"Intervenciones eran las de antes…", escribe Irene Selser en #Entrevías

El título es un sarcasmo, claro está. Pero ¿cómo no apelar a lo mordaz a propósito de una situación que sería motivo de chanza de no ser porque instaura las condiciones de un nuevo orden hegemónico de Estados Unidos en nuestro hemisferio, la llamada “Doctrina Donroe” basada en la demostración exhibicionista de la fuerza, la extraterritorialidad del derecho estadounidense por encima de las soberanías y la subordinación de aliados y adversarios por igual, sin revestimientos retóricos?

Y es que, a medida que se conocen los entretelones de la “Operación Resolución Absoluta” -que en la madrugada del sábado 3 de enero capturó, en apenas 73 minutos, a un Nicolás Maduro que horas antes se había jactado ante el periodista español Ignacio Ramonet de la supuesta infalibilidad de su búnker-, la ironía se vuelve difícil de soslayar.

De hecho, el columnista de The Guardian, Simon Jenkins, habla, más que de una intervención, de un “golpe de Estado” de Donald Trump en Venezuela destinado a facilitar la llegada al poder de Delcy Rodríguez. La “dócil” vicepresidenta y hoy presidenta interina habría negociado en secreto con Washington desde abril de 2025 -a través de Qatar-, junto con su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional chavista, la entrega de Maduro a cambio de su permanencia en el poder.

La conferencia televisada del ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, acompañado por altos mandos de la Fuerza Armada, dio la pauta de que se trataba de una acción pactada. Al mediodía del día 4, Padrino calificó la detención de Maduro y de su esposa, Cilia Flores como un “cobarde secuestro”, exigió a Washington su liberación inmediata, pero a continuación llamó a los venezolanos a la “normalidad”.

Al día siguiente, Delcy Rodríguez fue reconocida por el Ejército como sustituta de Maduro, por un periodo de gobierno no definido, pese a que el artículo 234 de la Constitución venezolana establece un plazo de 90 días -prorrogables hasta 180- en caso de “ausencia temporal” del presidente.

Para quienes sobrevivimos a un siglo XX plagado en América Latina de golpes militares violentos y devastadores, en su mayoría impulsados, respaldados o legitimados por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría y de la doctrina de seguridad hemisférica, con un saldo de cientos de miles de víctimas entre muertos, desaparecidos, encarcelados o exiliados, es claro que la del 3 de enero no fue una operación militar clásica, sino una acción puntual, quirúrgica y políticamente negociada.

Así lo confirmó Trump en sus declaraciones públicas desde su resort en Mar-a-Lago, al hablar abiertamente de “gobernar” o “dirigir” temporalmente Venezuela tras la captura de Maduro para asegurar a Estados Unidos los recursos petroleros del país, confirmando de ese modo -como señaló Foreing Policy-, su intención explícita de ejercer influencia o control político directo sobre la nación intervenida, más allá del tema del narcotráfico, y enviando la señal de que existió una coordinación o entendimiento previo con Delcy Rodríguez para garantizar un relevo interno controlado y funcional a los intereses de la Casa Blanca.

De ser así, si la captura de Maduro fue facilitada desde el propio núcleo del poder venezolano, el discurso de la izquierda latinoamericana contra la intervención de Estados Unidos enfrenta un problema central: la soberanía ya no habría sido vulnerada sólo desde fuera, sino erosionada desde dentro. En ese escenario, la denuncia de la agresión imperial pierde sustento y pasa a apoyarse en la defensa acrítica de una cúpula que habría traicionado a su propio líder con tal de asegurar su supervivencia.

Esto no invalida la crítica histórica a la injerencia estadounidense en la región -más de tres mil intervenciones militares, políticas, económicas y diplomáticas, según documentó mi padre, el periodista e historiador argentino Gregorio Selser, en los cuatro tomos y dos mil páginas de su “Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina 1776-1990” (CAMeNA, UACM, México)-. Pero sí debilita el argumento de la soberanía como bandera legítima cuando esta se vuelve consigna moral o mero recurso retórico para justificar aquello mismo que se dice combatir. ¿Cómo sostener la defensa de la autodeterminación si quienes la invocaban habrían pactado su vaciamiento para preservar cuotas de poder?

Hasta hora, ni Trump ni Delcy Rodríguez han hablado de un plan de transición democrática ni han invocado procesos electorales o comicios libres como objetivo inmediato tras la “abducción” de Maduro, que podría ver reducida su sentencia -que se prevé larga-, si hablara todo lo que sabe y su información fuera considerada valiosa.

Sobre el porqué Trump decidió negociar con Delcy Rodríguez, comparto el análisis del politólogo y consultor venezolano Gustavo Azócar (https://chihuahuaexpres.com.mx/2026/01/04/). Afirma que la estructura de poder en Venezuela cambió tras la captura de Maduro, quien era uno de los cuatro grandes polos (junto con su esposa), además de Vladimir Padrino, el ministro del Interior Diosdado Cabello y los hermanos Rodríguez. Cabello es acusado por Washington de liderar el Cártel de los Soles, por lo que ofrece una recompensa de 25 millones de dólares.

Dice Azócar que Trump intentó organizar incluso desde su primera presidencia una transición con Padrino, ofreciéndole sin éxito un acuerdo. Hubo otras dos opciones fallidas, hasta que, a fines de 2025, Delcy y Jorge Rodríguez -“la verdadera mente detrás del acuerdo”-, le ofrecieron liderar la transición entregando a Maduro.

Añade Azócar: “Delcy no la tiene fácil: por un lado, tiene a Trump, que la va a presionar para que cumpla lo acordado. Y por el otro, tiene a Diosdado y a Padrino, que la miran de reojo, con desprecio y con desconfianza, porque saben que, así como ella y su hermano entregaron a Maduro -porque fueron ellos quienes lo entregaron-, mañana también podrían entregar a cualquiera de ellos dos para mantenerse en el poder”.