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Lula, tras el voto de 33 millones de apáticos

"Lula, tras el voto de 33 millones de apáticos", escribe Irene Selser en #Entrevías

Publicado: 7 de octubre de 2026 · 6 min lectura

La paliza electoral recibida el domingo por el tres veces presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, como parte del efecto dominó hacia la derecha radical que vive América Latina, no sólo lo sorprendió a él, quien, a sus casi 81 años confiaba en asegurar rápidamente un cuarto mandato. También desconcertó a las propias firmas encuestadoras que, semana con semana, fallaron en sus predicciones (45% Lula - 42% Bolsonaro); algo que viene ocurriendo en la región en los últimos años y cuyas causas van desde el ocultamiento de la intención de voto por parte de los electores por miedo o presión social hasta la dificultad para medir el voto probable por vía telefónica o digital, la manipulación de los mensajes para modificar percepciones o, bien, los cambios de última hora en un alto porcentaje de ciudadanos que llega indeciso a las urnas o simplemente no asiste.

Al parecer, esto último fue uno de los factores clave que pesó en la victoria parcial, en primera vuelta, del senador de ultraderecha Flávio Bolsonaro, de 45 años, quien obtuvo 47.03% de los votos (más de 56 millones) frente a 45.16% de Lula (54 millones).

En total, de los casi 159 millones de brasileños aptos para votar, asistió a las urnas el 78.92% (125.3 millones), lo que significa que más del 21% se abstuvo (33.4 millones), un poco más que hace cuatro años. 

En esa franja hay un segmento que nunca vota, afirma el Jornal do Brasil, pero añade que en esta ocasión se sumaron otros sectores que desistieron. Se trataría de un amplio espectro de brasileños de bajos ingresos, escépticos en cuanto a la posibilidad de que su situación mejore, más allá de quién llegue al Palacio de Planalto.

El diario Folha de Sao Paulo precisa que, desde 1989, siete elecciones se decidieron en segunda vuelta y en todas ganó quien había liderado la primera ronda. De ahí que se considera que, aunque Lula asegure que remontará el escrutinio el 25 de octubre –lo que para algunos sería un “milagro político”–, su rival lo aventaja con 3.5 millones de votos, además de contar con una holgada mayoría en el Congreso y el Senado. 

La elección más reñida fue la de 2002, cuando Lula se impuso con una diferencia de 1.8 puntos (unos dos millones de votos) al entonces presidente Jair Bolsonaro, actualmente en prisión domiciliaria, acusado de intentar un golpe de Estado al desconocer entonces su derrota. 

El nuevo Congreso de mayoría conservadora podría conceder, sin embargo, una amnistía al exmilitar retirado, de 71 años, condenado a más de 27 años de cárcel. Su Partido Liberal (PL), el mismo de su primogénito, Flávio, obtuvo 19 de las 54 bancas que se disputaban en el Senado y será la primera fuerza a partir de enero próximo. En la Cámara de Diputados, el PL se aseguró 121 escaños, casi la cuarta parte de las 513 bancas. El PT de Lula pasó de 82 a 88. 

La amnistía podría favorecer incluso a los manifestantes que asaltaron en enero de 2023 las sedes de los poderes públicos en Brasilia –en un episodio similar a la conspiración trumpista para anular los resultados electorales de 2020–, como parte de la trama de desestabilización que involucró el asesor argentino Fernando Cerimedo, preso hoy en Bolivia por intento de feminicidio y presunto enriquecimiento ilícito y lavado.

Lula definió su campaña haciendo hincapié en su pasado de lucha, la defensa de la soberanía y los logros económicos y sociales de su administración: crecimiento e inclusión laboral, desempleo en mínimos históricos, estabilidad y avances ambientales, evitando hablar de los problemas: desgaste del oficialismo –casi 11 años no consecutivos en el poder–, inseguridad, presiones inflacionarias y aumento en el costo de vida, altas tasas de interés y un Congreso fragmentado que obstaculizó la gobernabilidad. 

Bolsonaro, mientras tanto, centró su estrategia en mantener las principales reivindicaciones de su padre, sumado al apoyo estratégico de Donald Trump: valores conservadores y religiosos, asegurando así el apoyo decisivo del electorado evangélico –un tercio de la población total de Brasil–; mano dura contra la delincuencia y mayor acceso a las armas de fuego; anticomunismo y antipetismo; reducción del Estado y privatizaciones.

Luego de reconocer que el resultado de la primera vuelta fue “inesperado”, Lula ordenó a su equipo de campaña “cambiarlo todo” para acercarse a los votantes jóvenes, los hombres, las mujeres y el centro del espectro ideológico, incluyendo la participación de partidos aliados.

Trascendió que los líderes del PT culparon al ministro de Comunicación Social, Sidônio Palmeira, de gran parte de los problemas. Se le achaca a Palmeira, socio de Raul Rabello, responsable de la publicidad electoral de Lula, de haberlo convencido de eliminar del país el millonario negocio de las apuestas deportivas en línea (las “bets”) y los casinos virtuales en vísperas de la primera vuelta, a pesar de la negativa de su coordinador de campaña y presidente del PT, Edinho Silva, y del Ministerio de Hacienda, que  se opusieron argumentando que una iniciativa de este tipo no sólo afectaría los ingresos federales, sino que también empujaría a una gran parte del electorado hacia Bolsonaro. Para Lula, el modelo de negocio de las “bets” son un “cáncer social” que lucra con la adicción de la gente.

Este martes se hizo efectivo el decreto que las prohíbe, no obstante el rechazo de clubes, familias y de la industria deportiva, que, se dice, promovió el “voto castigo” contra el mandatario. 

La campaña de Lula también falló al no priorizar las redes sociales y fragmentar su manejo, según el diagnóstico del PT, lo que permitió a Bolsonaro avanzar en este ámbito, incluso en el extranjero. Influencers de extrema derecha como Nikolas Ferreira (30) y Lucas Pavanato (28), con millones de seguidores, se convirtieron en los diputados más votados en la historia de Brasil, con más de tres millones de votos cada uno, aportando así al éxito de Flávio, que confirmó el peso que sigue teniendo su apellido, asociado con un deseo de cambio, como expresó a la agencia AFP Oscarina de Oliveira, carioca de 62 años: “Cuando llegué allí”, a la urna, “me decanté por Bolsonaro. Sólo para ver qué pasa, a ver si cambia algo”.  

Las opiniones expresadas en esta columna corresponden a su autor y no representan necesariamente la postura editorial de Expreso.

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Sobre la firma

Irene Selser

Equipo editorial que analiza los hechos, decisiones y conversaciones que inciden en la vida pública de Sonora.