Alfonso Méndez cumple 22 años subiendo descalzo al Cerro de la Virgen
Se prepara sin importar si el suelo quema, si hay piedras o escalones irregulares: el trayecto lo recorre descalzo desde la parte baja del cerro hasta la cima.
Alfonso Méndez tiene 50 años y una promesa que no ha dejado pasar el tiempo, cada 12 de diciembre y cada primero de enero, vuelve al Cerro de la Virgen como lo ha hecho por más de dos décadas: en silencio, con fe y descalzo.
No es una manda reciente ni una costumbre improvisada; es un acto que repite desde hace más de 22 años como forma de agradecimiento por la vida, por la familia y por todo aquello que, dice, llega incluso cuando no se pide.
Acompañado esta vez por siete personas entre hijos, sobrinos, su esposa, su madre y su hermana, Alfonso sube el cerro con calma, pero solo se quita su tenis, guaraches o botas para subir, no por espectáculo; lo hace como cada año, fiel a una tradición que nació desde la convicción personal y que se ha vuelto parte de su identidad.
“Por todo lo bueno que nos ha pasado y lo malo también, porque hay que agradecer todo que estamos ahorita todavía y venir a agradecer como cada año, gracias a Dios, ya tenemos algunos años viniendo”, asegura, convencido de que todo tiene un sentido cuando se camina con fe.
Antes de iniciar el ascenso, Alfonso se prepara sin importar si el suelo quema, si hay piedras o escalones irregulares: el trayecto lo recorre descalzo desde la parte baja del cerro hasta la cima.
Para él, no se trata de sacrificio, sino de simbolismo, caminar sin calzado es su forma de mostrar humildad y respeto, de recordar que la fe también se expresa en actos sencillos y constantes.
Durante años, su promesa fue aún más extensa; pues recuerda cuando salía desde el poblado Miguel Alemán con destino al Cerro de la Virgen, un trayecto que le tomaba dos días completos. Partían desde las cinco de la mañana del 11 de diciembre, con la intención de llegar por la tarde del día siguiente, cansados, pero convencidos de que el esfuerzo valía la pena.
En esas caminatas largas, explica, convertía el camino en un espacio de reflexión para pensar en su familia, trabajo, amigos y en todo lo vivido durante el año.
No era solo llegar, era todo lo que sucedía antes y a veces lo acompañaban hermanos o conocidos que se sumaban al recorrido, haciendo más llevadera la distancia y fortaleciendo el sentido comunitario de la experiencia.
Por otra parte, reconoce que nunca ha subido para pedir algo grave, su devoción, asegura, no nace de la desesperación, sino de la gratitud, por ese motivo agradece lo mucho y lo poco, en logros y pruebas, y valora que hasta ahora la vida no le haya puesto cargas que lo obliguen a suplicar, sino únicamente a dar gracias.
Los cambios de la vida
Hoy ya no recorre los dos días desde el poblado, pero mantiene viva la esencia de la promesa, ya que llega hasta el periférico Sur para caminar durante dos horas y el ascenso descalzo continúa como su forma de cumplir, de recordar de dónde viene y por qué vuelve.
A su alrededor, otros fieles suben con veladoras, rezos o mandas distintas; la suya es caminar en silencio, paso a paso, porque para Alfonso Méndez, la fe no necesita grandes discursos.












