Origen del villancico 'Noche de Paz': De canción popular a tradición navideña
Conoce el origen histórico de los villancicos, su evolución desde cantos populares medievales hasta convertirse en las canciones navideñas que hoy forman parte de la tradición
Una de las canciones de Navidad más populares y emblemáticas hasta hoy en día es "Noche de Paz", Stille Nacht, un poema que compusiera el sacerdote austriaco Joseph Mohr, y que su amigo Franz Xaver Gruber musicalizara a principios del siglo 19, en 1818.
Desde entonces, estas manifestaciones artísticas se han propagado por el mundo como una tradición propia de las festividades religiosas decembrinas, pero adoptan distintos nombres y tonalidades según la cultura y el país que las acuna.
En castellano los conocemos como villancicos navideños, pero éstos poco o nada tienen que ver con el nombre propio de villancico.
Los villancicos son una forma musical y poética que se remonta a la España y Portugal del siglo 15. Pero, a diferencia de lo que se pudiera creer, estos orígenes no son de carácter navideño, ni siquiera religioso o espiritual, sino mundano.
De hecho, el nombre como tal de villancico obedece a composiciones de naturaleza popular, cantadas por los villanos, los habitantes de las villas, y eran manifestaciones de las fiestas populares con temáticas propias de la región, o secuelas a lugares comunes del amor, el dinero, la muerte, la fama, la sociedad misma.
La estructura del villancico tradicional consta de dos partes: el estribillo, que es una estrofa que se repite a lo largo de la canción, y las coplas, que son las estrofas que se intercalan entre las repeticiones del estribillo. Los versos son por lo general de seis y ocho sílabas, pero igual veremos que hay armados de otras métricas.
"Andad pasiones, andad" es un antiguo villancico de finales del siglo 15 cuya música se atribuye a Pedro de Lagarto y aparece en el Cancionero Musical de la Colombina:
ANDAD PASIONES, ANDAD
Estribillo
Andad, pasiones, andad,
acabe quien comenzó,
que nunca os diré de no.
Coplas
¿Qué mal me podéis hacer
sino que pierda la vida?
Yo la tengo tan perdida
que no puedo más perder.
Entrad en vuestro placer,
tomad cuanto tengo yo,
que nunca os diré de no.
Dese fin en mi vevir
de cualquier suerte que sea,
porque ya yo no posea
el tormento del sentir;
que lo tengo de sofrir
pues que ventura lo dio,
que nunca os diré de no.
Hallaréis mi corazón
sin portero a puerta abierta,
esperando nueva cierta
de muerte por galardón.
Cierta sale su intención
de quien tal seguro dio,
que nunca os diré de no.
Es preciso insistir en que los versos de todos los villancicos fueron siempre escritos para ser cantados; por eso, bajo esa vocación, la producción musical de la época (incluidos los villancicos) fue impresa en cancioneros, entre los que pueden mencionarse el ya citado de la Colombina, o el Cancionero de Palacio.
De este último se transcribe ahora una composición que nos refiere a la fugacidad de los bienes materiales y las vanas posesiones que se nos ofrecen en esta vida. El compositor es el poeta español Juan del Encina:
TODOS LOS BIENES DEL MUNDO
Estribillo
Todos los bienes del mundo
pasan presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
Coplas
El tiempo lleva los unos,
a otros fortuna y suerte,
y al cabo viene la muerte,
que no nos deja ningunos.
Todos son bienes fortunos
y de muy poca memoria,
salvo la fama y la gloria.
La fama bive segura,
aunque se muera su dueño;
los otros bienes son sueño
y una cierta sepultura.
La mejor y más ventura
pasa presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
Procuremos buena fama
que jamás nunca se pierde,
árbol que siempre está verde
y con la fruta en la rama.
Todo bien que bien se llama
pasa presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
A mediados del siglo 16 el villancico, como género musical, empieza a incorporarse en las tradiciones de la Iglesia Católica, mismo que se utiliza para componer una multitud de cantos devocionales para las distintas festividades religiosas, tales como la Asunción de la Virgen, la vida de los santos, el jueves de Corpus Christi, o la que, por mucho, ha sobrevivido hasta nuestros días: la Navidad.
Sin embargo, incluso los villancicos navideños de aquel entonces mantenían una línea más conceptual, menos festiva, tal como se lee en las coplas del conocido Ríu, ríu, chíu, una obra (texto y música) cuya fuente remonta al Cancionero de Upsala, publicado en Venecia en 1556.
RÍU, RÍU, CHÍU, LA GUARDA RIBERA
Estribillo
Ríu, ríu, chíu, la guarda ribera,
Dios guardó el lobo de nuestra cordera.
Coplas
El lobo rabioso la quiso morder,
mas Dios Poderoso la supo defender;
quísóla hacer que no pudiese pecar,
ni aun original esta virgen no tuviera.
Éste que es nacido es el Gran Monarca,
Cristo Patriarca de carne vestido;
hamos redimido con se hacer chiquito,
aunque era infinito, finito se hiciera.
Muchas profecías lo han profetizado,
y aun en nuestros días lo hemos alcanzado;
a Dios humanado vemos en el suelo
y al hombre en el cielo, porque Él le quisiera.
Yo vi mil garzones que andaban cantando,
por aquí volando, haciendo mil sones,
diciendo a gascones: Gloria sea en el Cielo
y paz en el suelo, pues Jesús nasciera.
Además, para estos tiempos, entrando ya el siglo 17, cabe señalar que todas estas expresiones sacras y populares ya se han extendido a la Nueva España. Sin ir más lejos, en nuestras tierras, en nuestra literatura, los villancicos de Sor Juana Inés de la Cruz (que compuso entre 1676 y 1691) surgen para celebrar las festividades navideñas y son mayormente escritos por encargo de la Iglesia.
De muy diversos registros, estas composiciones se caracterizan por mezclar el espíritu sacro (de la ceremonia) con el festivo (improvisación popular).
Para el siglo 18, sometido a la influencia de la música vocal italiana que dominaba Europa, los villancicos alternan su estructura tradicional con imitaciones propias de la cantata. Con el paso de los tiempos, el villancico de origen (en España) fue quedando en el olvido, hasta que en el siglo 20 su nombre, como tal, fue transferido y hace ya una referencia directa a una canción de Navidad, sin importar las estructuras del género.












