La batalla por el poder informativo
"La batalla por el poder informativo", escribe Marco A. Paz Pellat en #ElPoderdelasIdeas
Durante años creímos que el acceso a la información era un problema técnico: más velocidad, más datos, mejores conexiones. Pero el cambio profundo no ha sido la cantidad de información disponible, sino quién decide cómo la entendemos.
En menos de tres décadas hemos vivido cuatro transformaciones que desplazaron el centro del poder informativo. Primero fue el Internet abierto. El usuario era explorador. La información estaba dispersa y encontrarla exigía tiempo y criterio. El poder estaba en quien publicaba.
Después llegó Google. El caos se ordenó. Ya no navegábamos: preguntábamos. El buscador jerarquizó el mundo y lo que aparecía en los primeros resultados se convirtió, para millones, en sinónimo de verdad. Nació el poder del ranking: la pluralidad seguía existiendo, pero organizada bajo una lógica algorítmica.
Luego aparecieron las redes sociales. Facebook, Twitter, Instagram y TikTok cambiaron nuevamente la dinámica. Ya no buscamos información: la información nos encuentra. El criterio dejó de ser relevancia y pasó a ser atención. Lo más visible no era lo más sólido, sino lo más compartido. Entramos en la economía de la atención.
Hoy estamos en una etapa distinta.
Las plataformas de inteligencia artificial desarrolladas por empresas como OpenAI, Anthropic y Google DeepMind no solo organizan o recomiendan información: la sintetizan. Ya no recibimos una lista de enlaces; recibimos una respuesta estructurada, un resumen, una interpretación.
El cambio es silencioso pero profundo. Antes leíamos varias fuentes para formar criterio. Ahora conversamos con sistemas que condensan millones de textos en un párrafo convincente. La fricción desaparece, el tiempo se optimiza y la experiencia mejora. Pero el poder también se concentra.
Cada etapa movió el centro de gravedad: Internet descentralizó la publicación; Google centralizó la jerarquización; las redes capturaron la atención; la IA controla la síntesis.
Y la síntesis no es neutral. Decidir qué incluir, qué omitir y cómo explicarlo es un acto de interpretación. Con Google sabíamos que había un ranking. Con redes sabíamos que había un algoritmo. Con la IA, el intermediario se vuelve casi invisible: solo vemos la conclusión.
Para gobiernos, empresas y liderazgos públicos el desafío cambia. Ya no basta con posicionarse o volverse tendencia. La pregunta es: ¿cómo será sintetizada su historia por un modelo de inteligencia artificial?
Estamos entrando en la economía de la síntesis, donde el recurso escaso no será la información, sino el criterio.
La batalla por la verdad ya no será por producir más datos, sino por controlar su interpretación automatizada. El riesgo no es la falta de información. Es la comodidad de dejar que alguien más -o algo más- piense por nosotros. Ahí se juega buena parte del equilibrio democrático del siglo XXI.












