Claudia-Marx: debilidad o temor
"Claudia-Marx: debilidad o temor", escribe Carlos Marín en #ElAsaltoalaRazón
El sainete Marx Arriaga es revelador de los desgreñes en Morena.
Mientras él desafiaba y descalificaba al titular de la SEP y por extensión a la jefa de los tres, la presidenta Sheinbaum lo colmó de elogios por su “compromiso con la transformación”, su “trabajo intenso” y su “convicción pedagógica”. Y lo hizo aun después de que el pendenciero extremista calificó de “neoliberal” a un secretario que acata órdenes de la mandataria.
El mensaje es claro: quien acusa de “neoliberal” a un miembro del gabinete insinúa una desviación ideológica en la conducción presidencial.
La Constitución y la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal consagran el principio de subordinación.
Un director general no delibera en público contra sus mandos ni convierte discrepancias en cruzadas ideológicas. Cuando lo hace incurre en insubordinación.
Arriaga retó y fabricó supuestos agravios (dizque se le pidió suprimir de los libros de texto gratuitos referencias al 68 o al caso Ayotzinapa) y Sheinbaum lo desmintió.
La acusación del desequilibrado fanático fue una patraña para presentarse como mártir de la pureza transformadora.
Su aferramiento a su cargo fue precedido por el atrincheramiento -dos días- de José Antonio Romero Tellaeche en la dirección del CIDE, donde lo impuso desde el Conacyt la facciosa María Elena Álvarez-Buylla con los atentos saludos de López Obrador.
Insubordinado también es el senador Saúl Monreal, decidido a buscar la gubernatura de Zacatecas pese a las objeciones de la Presidenta y los estatutos de Morena.
En todos los casos la constante es la misma: la autoridad formal (Sheinbaum) enfrentada por una autoridad simbólica (AMLO). La mandataria tiene facultades legales plenas para remover a un director general, no requiere justificación ideológica, pero lo hizo con guantes de seda enfatizando sectarias virtudes del destituido.
¿Prudencia estratégica? ¿Intento de evitar una fractura con el ala delirante del obradorismo? ¿Temor a ser acusada de tibieza doctrinaria por sus correligionarios?
El gesto puede ser leído, no como magnanimidad sino como síntoma de una tensión no resuelta entre el poder constitucional y el poder carismático. Una Presidenta con toda la autoridad legal que actúa bajo la perniciosa sombra de quien la precedió y sigue tirando línea desde su madriguera en Palenque.
¿Sheinbaum necesita demostrar continuidad ideológica, inclusive cuando ejerce actos elementales de mando?
El síntoma, en suma, es el de una autoridad que se cuida de ejercer a plenitud sus facultades cuando deshacerse de un subordinado exige elogiarlo para no irritar a la ortodoxia, lo que revela fragilidad política porque el margen de maniobra parece condicionado por el temor a la excomunión interna.
Pero en el servicio público la disciplina no es optativa.
Si la insubordinación se envuelve en retórica “revolucionaria” y recibe una despedida honorable, el mensaje es por demás ambiguo: se puede desafiar siempre que se invoque la pureza del credo lopezobradorista…
Carlos Marín
cmarin@milenio.com












